Ese es mi podio personal luego de presenciar por primera vez pruebas de atletismo en un Juego Olímpico.

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El atletismo es mágico, emotivo, explosivo y muchas veces pasamos el día o la semana, el año o cuatro años, con mucha ansiedad para ver una carrera que dura menos de 10 segundos.

Usain Bolt juega. Se divierte. Se entretiene con las cámaras, con el público y con sus rivales. Su sola presencia es capaz de levantar a más de 60 mil personas. Las enloquece. El muchacho de Jamaica es capaz de unir a todo un estadio, los hace gritar, luego los silencia y en menos de 10 segundos los alborota otra vez.

El domingo 14 de agosto me levanté cerca de las diez de la mañana, algo cansado luego de un sábado furioso en el que había visto golear a Las Leonas, más tarde fue festejo argento en el Fan Fest con el triunfo del básquet sobre Brasil y de Del Potro sobre Nadal. Para colmo vimos ganar a los Gladiadores.

Ya era domingo, en el medio una visita (casi obligada) al Cristo y desde allí derecho ( subte y tren) al Estadio Olímpico.

En el tren se escuchaban varios idiomas, pero en todas las lenguas había una palabra en común: “Bolt”. Es que el mundo estaba ansioso por ver volar al hombre más rápido de la historia.

Las luces del estadio nos mostraban el camino y aceleraban los corazones. Una larga fila ( la más extensa que vi en mi vida) era parte de la procesión. Control de entradas, cacheo, pasar las mochilas por el scaner y al fin el camino libre.

Estadio llenándose de a poco, gente de la organización luchando por “descolgar” banderas de las tribunas y miles mirando el reloj. Un reloj que estaba lejos de las 22:20, hora de la final de los 100.

Las competencias de salto, lanzamiento y algunas de pista entretenían a la maza. Pero de pronto aparece él para correr la semi. En realidad para “trotar” la semi y meterse en la carrera esperada.

13912342_10153765396504080_6633029987765644746_nEn el medio me pude dar dos gustitos más: ver al sudafricano Wayde van Niekerk romper el récord mundial de los 400 metros con un registro de 43,03 y para colmo lo vi sentado al lado de Pablito Aimar (uno de mis futbolistas favoritos).

Ya era la hora de la final. Estaba todo listo para ver a los hombres más rápidos del mundo en acción. Fueron entrando uno a uno. El estadio se vino abajo cuando entro “Bolti” (así le decían los brasileros) y luego nacieron miles de abucheos para recibir a Justin Gatlin. El público sólo tenía cariño para el jamaiquino, al de USA no le regalaron ni una sonrisa.

En la previa algo quedó claro: Bolt enloquece al público, atrapa a las cámaras e intimida a sus rivales.

Los atletas se acomodaron y de repente no se escuchó más nada. Fue el silenció más perfecto que presencié. Un silencio tenso, cargado de energía e intriga. De pronto un disparo lo interrumpió y los atletas pusieron sus pies en marcha. El publicó gritó como nunca, los flashes se dispararon en maza y 9,81 segundos más tarde Usain Bolt ganó su tercera medalla de oro al hilo de 100 metros en Juegos Olímpicos.

13912484_10153771126784080_3256062920494254832_nPara completar una semana perfecta, al volver a al Estadio Olímpico me doy cuenta que un par de butacas atrás de la mía estaba sentado el gran David Rudisha. El hombre de Kenya, único en repetir oro olímpico en 800 metros, estaba disimuladamente viendo los 1.500 de mujeres entre un público que aún no lo había identificado. Ahí fue donde saltó mi peor versión de cholulo, le pedí una foto. Me miró con cara de “ no me mandés al frente”. Y un segundo más tarde de la foto ya se había formado una fila de fans que querían la suya. David accedió a posar con todos, pero un minuto después se fue a un palco.