El K21 de Villa Pehuenia que pasó ocupará uno de los lugares más importantes dentro de la galería de imágenes que guardo en mi cabeza, pero sin dudas que también ingresará a un privilegiado espacio dentro de mi corazón debido a lo “cuidado” que me sentí por todos y cada uno de los que trabajaron para que este evento sea posible.
Mentiría si digo que en la previa no sentí temor al saber que tenía que subir una montaña que se perdía entre las nubes, o  estaría faltando a la verdad si afirmo que jamás pensé en el factor climático como un duro obstáculo. Todo esto no es poca cosa para alguien que está acostumbrado a correr en el duro y parejo asfalto de la ciudad. Pero bueno, estaba en Pehuenia y tenía que correr la tercera edición de una cita que debería ser una obligación para todos los amantes del deporte y de los paisajes.
Desde el sábado, en la acreditación, los participantes ya sentíamos el cariño de un pueblo que se volcó a la organización de la movida junto al equipo de Patagonia Eventos. Comunidad Mapuche, Municipalidad, Gendarmería, Policía, Rescatistas y vecinos se hicieron presentes para que nada quede librado al azar y así todos puedan ser parte de la fiesta. Chocolate caliente, torta fritas, piñones hervidos y unos buenos mates le pusieron color y calor a una acreditación en la que los inscriptos intentaban relajarse para llegar bien al disparo de largada.
Tan masiva fue la participación que hasta llegué a pensar que el clima se había sentido culpable por no ayudar y luego de castigarnos en la previa, se sintió culpable y por eso el domingo se portó de maravillas. Ni él se quiso quedar afuera.
La cuenta regresiva avisaba que se venía lo mejor, el público colaboraba con su aliento y los pies se pusieron en marcha para salir a conquistar al sagrado Batea Mahuida. El sol no aparecía, pero el calor corrió por cuenta de lo 700 participantes que partieron con el objetivo de transitar metro a metro una cita que presentó 10 y 21 kilómetros.
Risas, buen ritmo y saludos a lo lejos eran los protagonistas del primer tramo de carrera, de pronto el asfaltó quedó atrás y comenzó la trepada. El verde y marrón oscuro eran los colores de la escenografía que acompaño hasta el kilómetro seis. Luego el manto blanco se fue apoderando del suelo y el silencio de los corredores que ya no se arriesgaban a gastar aire innecesariamente.
La nieve se transformó en la protagonista de una carrera que por momentos mutaba y pasaba a ser una caminata interminable que nos daba la chance de disfrutar de una “foto” única. Es que el paisaje era maravilloso, la Villa se veía desde lo más alto y el cansancio pasaba al olvido.
La nieve nunca se iba, no desaparecía y hasta parecía que se multiplicaba. Los puestos de hidratación eran para muchos lo que los boxes son para los autos de carrera. Chocolate caliente, agua, Gatorade, frutas y palabras de aliento de los asistentes eran la inyección de energía más grande que podíamos tener.
De pronto la subida se transformó en bajada, el silencio dejó su lugar a los chistes y las caídas fueron las protagonistas del momento.
No sólo se trató de correr, tampoco de caminar. Es que una bajaba muy pronunciada entró en escena y una soga hizo las veces de “baranda” de manos donde muchos se aferraron a ella y en vez se usar sus pies para bajar, aprovecharon la nieve blanda e improvisaron un intenso y veloz “culipatin”.
De pronto la ruta irrumpió en la escena, camionetas, autos, y público aplaudiendo avisaban que la meta estaba más cerca.
Los últimos cinco kilómetros fueron un regalo maravilloso de un paisaje único que nos permitió meternos en él para despuntar el vicio y así demostrarnos a nosotros lo que somos capaces de hacer.
De a poco fuimos regresando a la Villa, se veían las casas, desde el hospital se escuchaba el aliento de los empleados y los vecinos nos avisaban que “falta poco, dale”.
El tramo final, por las calles de Pehuenia, fue un paseo simple, encantador y con la sonrisa grabada a fuego en los rostros de todos. El cansancio estaba a flor de piel pero la carrera ya estaba lista, no faltaba nada. Sólo faltaba llegar, cruzar el arco, recibir la medalla, tomar algo caliente, darle un abrazo a algún desconocido que llego a la par y salir a buscar a esa persona que te acompañó y que te estaba esperando con la ropa caliente.
Sin dudas que el K 21 de Villa Pehuenia es algo más que una simple media maratón de montaña.
 Esta es la chance de conocer una aldea maravillosa, con gente única y donde el Batea Mahuida nos permite meternos en él para entender todo lo que la gente de la Comunidad Mapuche nos cuenta de él.
El k 21 de Pehuenia fue para mi una carrera de casi tres horas que permanecerá en mi alma por siempre.
Sergio Arregui