Hay que subir, subir, subir. La misma escalera que se sube por paseo, pero esta vez casi al trote, si es que dan las piernas. Antes, primero que nada, cuando en la pantalla aparece el número de corredor y el apellido, que lo anuncia el incansable Ariel Islas, el gran relator del running nacional, hay que arrancar a correr, un tramo que serán algo menos de 60 metros. Se larga solo, no hay competencia visual, no hay liebre ni nadie a quien seguirle el ritmo. Un corredor cada 15 segundos. Algunos arrancan sacándole chispas al asfalto. Los más conservadores hacen un trote progresivo, porque la calle va en ascenso hasta la entrada al Parque Independencia de Tandil, donde tímida entre la gente aparece la escalera de 314 peldaños que hay que encarar para llegar a las alturas del Castillo Morisco. Es la primera edición del Vertical Bloom y también la primera experiencia de muchos en un evento de este tipo, tan común en Europa.

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Fotos: DW para Cruce Tandilia

Es cierto, no tiene el desnivel de otras competencias internacionales (son 5oo metros con un desnivel de 50+), pero tiene ese primer envión de algo nuevo y diferente. Y que, además, estuvo bien organizado para ser debut. Más de 400 inscriptos que se animaron al desafío, y que antes de largar calculaban cuánto se podía tardar. Los intrépidos hablaban de un par de minutos, los más miedosos calculaban hasta 10 “si voy caminando”. ¿Cuánto tardaron? Sergio Hoffman -el último ganador de la mítica Tandilia- fue el más rápido de todos, tardando apenas 2m01.905. Lo siguió el también local Claudio Pereyra, con 2m03.018. Entre las chicas, por haber llegado con tan poca diferencia de tiempo, decidieron compartir el premio en efectivo (otra gran razón para participar, además del descuento de minutos para el Cruce Tandilia) y subieron ambas al primer lugar: la local Jesica Iriart (2m51.477) y porteña Julieta Fraguio (2m51.497).

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Foto: Karina Cirone para Cruce Tandilia

 

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Fotos: DW para Cruce Tandilia

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Fotos: DW para Cruce Tandilia

Aire, aire, aire. No sólo las piernas. El cencerro que suena, al mejor estilo europeo, sorprende, aturde pero motiva. Atrás quedaron los carteles de Escalón 100 y Escalón 200 y, según la cuenta, faltan apenas 114 más. Todos son distintos, no hay un escalón de piedra igual a otro. Uno más alto, más bajo, curvo hacia un lado o hacia el otro. La gente -locales y los que llegaron a Tandil para acompañar a otros corredores o participar de las pruebas de sábado y domingo- se amontona alrededor del camino para alentar a propios o extraños, hay aplausos, gritos, un “vamos que queda poco”, hasta que se hace un silencio: ya se entró al castillo, pero la prueba no se termina. Hay una escalera más que se bifurca hacia los costados y en una milésima hay que elegir para qué lado ir. Las dos llevan al mismo lugar, a la terraza el Morisco, donde hay gente, agua, fotógrafos, una vista hermosa de la ciudad pero sigue sin haber aire. No entra en los pulmones. El sacudón de lactato impide respirar con normalidad. Algunos se tiran al suelo, otros caminan, todos -bueno, casi- sonríen. Y la tos, esa sensación de tener un puercoespín en la tráquea, es una mezcla con risas, porque es un subidón de energía que explota en carcajada. Son apenas unos minutos, pero valen la pena. ¿Cuántos se animarán en el 2018?

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