Mucha, muchísima gente. Más de 22.000 personas, entre los inscriptos y los que corren sin anotarse. Brasileños, que siempre llegan en grandes cantidades, algunos chilenos, y gente de todo el país se suma a la media maratón más convocante de Sudamérica, un dato que tiene mucho de cierto pero no tanto por la calidad del evento sino por lo que significa: es la única carrera, junto con la maratón, en la que Buenos Aires corta varias de sus principales avenidas para darle paso a los corredores. Figueroa Alcorta (un clásico), Libertador, Avenida de Mayo, Autopista Illia. La única -con los 42k- que le regala a sus participantes un recorrido por los sitios más emblemáticos: el Obelisco, el Congreso (allá en el fondo), el Cabildo, Plaza de Mayo, Planetario, los bosques de Palermo. Es la que eligen muchos para debutar, porque además septiembre es, no una garantía, pero la chance de un clima perfecto para correr: sin calor aún pero con el frío jugándose sus últimas fichas. Tiene todo para romperla. Pero no lo hace.

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Los 21k de Buenos Aires no tuvieron demasiado brillo. Correctos en la hidratación (muchos puestos, buena cantidad), con menos problemas que otros años en las protestas por los cortes de calle (sobre todo a la altura de aeroparque) gracias a la previsión en el arreglo con Google Maps, que desde el día anterior lanzó una alerta en su aplicación avisando qué calles iban a estar inutilizadas; un circuito que no varió demasiado en los últimos años (con varias subidas, lo que no lo hace el más rápido de las medias argentinas) y poco más.

Es cierto que quien corre para competir está lejos de pensar en los bailarines de tango que siempre están en el Obelisco, o la música que los recibe, esta vez además con pantallas gigantes, en cada puesto de chequeo; en el Gardel de oro en la entrada a los bosques o en los papelitos de colores en la estación de servicio que el sponsor oficial tiene durante el circuito. Quizá eso no sea lo más importante en la carrera y si, por ejemplo, los premios para los ganadores, algo que otra vez no hubo: sólo un incentivo económico desde la Federación Atlética Metropolitana (FAM) y para los tres primeros de las categorías femenina y masculina. Los ganadores de las categorías especiales se quedaron afuera. Quien compite tampoco muestra demasiado interés en el kit: la remera de la carrera y un descuento de Adidas para futuras compras. Sí, y mucha publicidad del resto de los sponsors, pero nada más.

Organizar una carrera para 25.000 personas es una tarea titánica. Y muchas veces el corredor mismo es el que no ayuda. No ayuda cuando ocupa un corral que no le corresponde, sabiendo aún que irá mucho más lento, por el sólo afan de salir más adelante: fue caótico el ingreso al lugar indicado por el color de cada pulsera. No ayuda cuando se cruza desesperadamente en cada puesto de hidratación, poniendo en riesgo el equilibrio de quienes van detrás; tampoco cuando arroja la botella y la tapa del agua en el medio del recorrido, o la cáscara de la fruta, sin pensar en que alguien detrás podría pisarlo. No ayudan los que cortan camino, no SE ayudan quienes se lanzan a correr 21k sin una mínima preparación. Pero ese es otro cantar y ocurra en cada carrera multitudinaria.

Los 21k de Buenos Aires pusieron en juego la Copa Olé 20 años, que se la llevaron Diego Elizondo y Florencia Borelli. Algún día el “premio” será para todos quienes se animan a correrla.