En estos tiempos festivos, encontrarse con personas como Federico Gallardo, suelen hacernos reflexionar. Federico es un corredor amateur que vive en Tigre y  que  con sus jóvenes 28 años  se  levanta, trabaja y entrena. A todo ello él le suma un plus: colabora con la fundación Espartanos, quienes inculcan  valores de vida a través del rugby . Una historia que comenzó en el complejo Penitenciario San Martín  en la Unidad 48. El no juega al rugby. Sus pasiones son el fútbol y el running y a los espartanos  suele acompañarlos  los días viernes en el rezo del rosario.  Un día Fede se levantó y decidió ir a correr al Penal. Su vivencia la reflejo en su blog  bajo el Titulo Distintos e Iguales. Nos escribió para compartirla, creímos que la víspera de la Navidad, era el momento para publicarla. Gracias Fede.

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Federico sentado junto a Espartanos y colaboradores.

QUE DISTINTOS E IGUALES.

El plan dice “Martes 4/10: 3.000 mts de trote + 4 x 100 mts +4 x 400 (pausa 1´30´´) + 4 x 200 mts (pausa 1´) + 10min de trote”. 

En vez de ir a entrenar por Paseo Victorica y las demás calles que bordean los ríos de Tigre, por distintas circunstancias del día, cambio y voy a entrenar con Esparta.

Hace más de un año y medio que voy prácticamente todos los viernes a rezar al pabellón (lo bueno de manejar mis tiempos…) pero nunca estuve en el penal un martes para entrenar. El rugby no es lo mío y nunca lo fue, aunque desde que #SoyEspartano me agrada cada vez más.

¿Y si voy a hacer el plan al pabellón mientras los muchachos entrenan rugby? ¿Y por qué no? Si el Coliseo es relativamente grande como para correr, voy por el costado, pegado al alambrado, no jodo a nadie y estoy un rato con los muchachos… Plan perfecto.

Entro al pabellón y, esta vez, la protagonista no es la Virgen. No está el patio con la mesa afuera y me siento raro. De a poco voy entendiendo cómo se vive un martes acá adentro, algo distinto hay en el aire: si los viernes es amor, los martes se respira libertad. Se escuchan los tapones de aluminio chocar contra el piso (ese sonido debe estar entre los dos o tres más lindos de la vida), el olor a desinflamatorio por todos los rincones, los gritos de aliento, y los repiqueteos en el pasillo. Están todos Los Espartanos a la espera de que el Servicio Penitenciario abra la puerta para encarar los 60 metros que separan al 8 del Coliseo. Cuando entran al pedazo de tierra, lleno de gloria como la arena de los Gladiadores, hacen un pique corto para que la entrada sea con actitud. Acá no hay medias tintas…

Coco comanda, con tres o cuatro más, los primeros movimientos de calentamiento. Hasta hoy, me preguntaba cómo se tomaban el tema del rugby, y lo pude comprobar. Hay dos o tres chicanas, pero el ambiente es totalmente serio. Las flexiones se hacen hasta tocar el pecho contra la tierra, bien abajo, una y otra vez. En cada entrenamiento, un Espartano se juega, entre otras cosas, un cupo para el próximo partido que hay en la calle. Y no es joda: eso significa vivir la libertad durante 3 o 4 horas, hay personas que no salieron en 10 años del Penal, es una oportunidad sagrada y, lo más importante, es demostrarle a sus familiares que decidieron cambiar, que están más vivos que nunca.

Mientras miro atentamente lo que pasa en la mitad de la cancha me pongo en el pecho la banda que viene con el reloj para saber a cuántas pulsaciones voy a correr (la tecnología de hoy…). Empiezo a elongar y se escuchan las primeras gastadas “Gallardo, ¿no jugás cagón?” Y me voy al mazo contestando que vine a entrenar a mi manera y que cada loco con su tema. Programo el Garmin y arranco. Para completar los 3.000 metros de calentamiento doy 17 vueltas a la cancha, por el costado, mientras Esparta entrena. Empiezo a calcular que un kilómetro serían unas 5 vueltas y monedas a la cancha y que correr un maratón sería dar más de 210 vueltas mientras que mi cabeza sigue girando… Y de a poco empiezo a desmotivarme, una sensación rara, fea, de encierro, se me vienen los paredones encima porque entro en razón del lugar que elegí para correr. A lo lejos lo veo al Piojo que no esta entrenando, con un gesto le pregunto qué le pasa, veo que su brazo izquierdo lo tiene contra el pecho: “tengo mal el hombro” me dice. Le pregunto si quiere correr conmigo a lo que afirma sin hablar y siguiéndome los pasos. Me pregunta por el reloj, le digo todo lo que puede hacer y le comento que tenemos que hacer “4 x 100 mts +4 x 400 (pausa 1´30´´) + 4 x 200 mts (pausa 1´) + 10min de trote”. 

En los primeros 100 metros que corremos pongo a prueba su velocidad: rápido. Me impresiona que no podamos correr 100 metros en línea recta, que tengamos que doblar para seguir por el perímetro de la cancha, porque sino chocamos contra el alambre. Quedan tres series más y el Piojo no se cansa, y las charlas empiezan a ser un poco más profundas “Vengo todos los días a correr, el deporte para mi es libertad, imaginate Fede que hace más de 10 años que estoy preso, sino vengo a descargar a la cancha me muero”. Y arrancamos a hacer las series de 400 metros, me voy midiendo creyendo que si lo dejo atrás se va a desmotivar, pero me sigue los pasos como si fuera mi sombra. Acelero y acelera. Me cuenta lo que es para una persona privada de su libertad el deporte, y me empieza a hablar de Esparta, de lo que significa para él pertenecer al 8: lo que es que vaya la “gente de la calle” a visitarlos, compartir un mate, una factura, que gracias a Esparta cambió su forma de pensar, decir, hacer y vivir. Que no ve la hora de salir en libertad para llevarse el mundo por delante “trabajando y haciendo las cosas bien”.

ColiseoLlegan las series de 200 metros, son 4 y me mentalizo en no dejar nada. Correr con el Piojo al lado me esta motivando. Lo lindo de este tipo de entrenamientos es que uno le pone la intensidad que quiera, y hoy no quiero guardarme nada. Fantaseamos en empezar a correr juntos cuando salga a la calle “¿Te imaginas Fede? Los dos corriendo sin parar” a lo que le contesto, un poco emocionado pero sin demostrárselo, lo que sería un abrazo después de terminar un maratón. Y por primera vez en mucho tiempo corro las 4 series de 200mts a fondo, fundiendo motores. Y el Piojo corre al lado mío, no me pierde pisada y me sorprendo “Qué bien que estás físicamente Piojito” a lo que responde con una sonrisa.

Llegan los 10 minutos de trote finales, ya estamos muertos. Pasó más de una hora y media, Esparta sigue entrenando bajo las órdenes de Coco y compañía y el Piojo me habla de su vida, de su familia y me cuenta quién es realmente ese tipo callado que veo en el pabellón los viernes cuando rezamos. Terminamos el plan del día, nos damos un abrazo, me mira a los ojos y me agradece. Acto seguido vamos a un rincón del Coliseo a elongar. Me agradece porque terminó cansado y gracias a eso hoy a la noche cuando se acueste no va a pensar boludeces, solamente va a apoyar la cabeza en la almohada y dormir. Y empiezo a darme cuenta del significado del deporte en la vida de una persona, más allá de su condición. Y empezamos a hablar del significado de la libertad y del tiempo que perdió ahí adentro, la angustia que sentía hace un rato es más grande porque somos los dos camada 88, tenemos la misma edad y vivimos historias tan diferentes…

Le pido que se tire en el pedacito de pasto que hay en la cancha, lo agarro de las zapatillas para elongarlo y veo las suelas rotas, las medias agujereadas y las piernas con cicatrices de batallas que todavía no me contó. Me miro los pies, con las medias Nike cortitas hasta el tobillo porque son “ más cancheras” que las normales, las zapatillas Asics “ideales para correr millones de kilómetros sin cansarme” y las paredes se me vienen encima… Y me cuenta que a los 10 años ya robaba en su colegio, que se crió viendo a sus hermanos como traficaban droga, que su infancia fue rodeada de una mesa con cocaína y de pistolas mientras que la mía fue una mesa con Playmobils, amigos y El Chavo. Y empiezan cuestionamientos internos que siguen hasta este momento en el que escribo:

¿Qué culpa tuvo él de nacer donde nació? ¿Y qué hice yo para nacer donde nací?

Le toca el turno de elongarme, yo en el piso y el parado. Me avergüenza que me agarre de las zapatillas pero, en definitiva, no me queda otra que aceptar que, en eso, somos distintos. También somos distintos en otra cosa, en la forma de encarar la vida, para mi no fue difícil “hacer las cosas relativamente bien” por mi historia, pero para él, no fue nada fácil romper con su historia. Y eso es lo que me parte la cabeza de los Espartanos, las pelotas que le ponen a la vida para cambiar lo que son y construir una nueva vida.

Le estiro la mano para que me levante y me levanta, ese gesto resume lo que fue el día de hoy.

Nos damos un último abrazo y esta vez el que agradece soy yo.

Qué distintos e iguales somos.

Federico Gallardo.
Blog: www.gallardof.com