Uno de los atletas más grandes de la historia argentina falleció a los 83 años. La mejor manera de recordarlo es a partir de sus propias anécdotas.

Sus inicios: “Yo laburaba con mi viejo y a los 14 años llevaba 80 kilos al hombro, mi viejo tenía una fábrica de limpieza de trapos. Yo descargaba los camiones. Jugaba al fútbol con los más grandes, porque tenía buen lomo, era grandote. Un día en el club para las fiestas patrias hacían carreras, y hacen una de atletismo. Y me dijeron que corriera. ‘Yo no sé correr, no sé cómo se corre’. Me anoté, eran dos vueltas de 4 kilómetros. Paso la primera vuelta, iba el primero como 300 metros adelante. ‘Si estás bien apurate’. Apuré y me ganó por 30 metros”.

“Al ganador lo desafié a correr 12 kilómetros por un asado y menos mal que le gané, porque si perdía no le podía pagar… En ese tiempo me ficharon para el club Esperanza, de Sarandí. Luego pasé al Estrella del Sur, en Wilde y tiempo después Reynaldo Gorno (medalla de plata en la Maratón de los Juegos de Helsinki 1952) me llevó a Independiente”.

La suspensión: “Siempre me canso de repetirlo pero más por la bronca que me genera: a mi me robaron la medalla los militares. Sólo iban a mandar a los número uno y de forma unánime todas las confederaciones me eligieron a mi. Ya tenía pasaporte, todo listo para viajar y cinco días antes me mandaron un telegrama diciéndome que me presente en el Comité Olímpico. Me trataron como un delincuente por ser peronista. No me dejaron viajar  y me suspendieron por un año y medio. La maratón la ganó un argentino nacionalizado francés de 40 años con 2 horas 25 minutos mientras yo tenía 22 y poseía el récord mundial de 2 horas 23. Me prohibieron ser campeón olímpico en Melbourne 56 los militares”.

“Tenía la mejor marca en Maratón y estaba en mi mejor momento, con 22 años. Mi récord era de dos minutos menos que el de Emil Zátopec, mi ídolo y el mejor atleta que vi en mi vida, en Helsinki 52. Pero me suspendieron 14 meses por haber triunfado en la época del peronismo, que estuvo proscripto durante el gobierno de la Revolución Libertadora. No voy a mentir, voté a (Juan Domingo) Perón porque ayudó mucho al deporte, pero jamás me metí en política. Siempre sentí que me negaron la medalla de oro”.

“Pensaba abandonar porque no quería entrenar más pero después de unos meses volví a hacerlo por cuenta propia porque quería revancha”.

 

Roma 1960: “A los 30 kilómetros  de recorrido iba segundo detrás de Bikila. Hacía mucho calor y los médicos de la delegación del Comité Olímpico Argentino me habían indicado que no debía beber durante la carrera. Pero veía que los otros corredores bebían en cada puesto. Me fui deshidratando y entonces en un puesto de agua desobedecí la orden y me paré a tomar desesperadamente unos dos litros. Este desenfreno me hizo sentir mal. Sentí unas puntadas terribles. Corría un poco y caminaba otro poco. Hasta que me reanimé y empecé a pasar a muchos que por mi malestar me habían superado. Llegué noveno con un tiempo de 2 horas 21 minutos. Desgraciadamente habíamos quedado muy atrasados en lo que respeta a la medicina deportiva en el país. Hoy los atletas beben antes de la largada y cada 5 kilómetros”.

“Acá no se sabía aún de la importancia de ingerir agua. ¡Hoy eso sería una locura! No aguanté y tomé como dos litros de agua. No pude controlarme. Me agarró un dolor estomacal terrible y no pude correr por casi 3 km. Trotaba y caminaba hasta que un ciclista, que iba en el recorrido, me dijo que estaba en el puesto 25. Tomé fuerzas y terminé noveno. Pasé a 16”,

Sobre el entrenamiento: “Antiguamente se hacían muchos kilómetros anuales. La mayoría de los técnicos de los principales países hacían alrededor de 13 mil kilómetros por año, ahora acortaron la cantidad a 8 mil kilómetros al año y el trabajo se apoyó más en la calidad”.

“Stirling, mi entrenador, tenía un don, además de una gran capacidad para el trabajo. En un momento dado me terminó de convencer de que nadie me podía ganar. Y eso es fundamental para la confianza”.

Luego de sus tres triunfos en la San Silvestre: “En la cuarta carrera en la que competí, los colectivos venían al lado mío. Mi médico también me acompañó, pero desgraciadamente no pude continuar. A medida que pasaba, los brasileros me decían: ‘¡SUAREZ TETRA!’. Soy el único argentino que la ganó”.

 

Miguel Sánchez: “Nosotros no le decíamos Miguel, le decíamos Tucu.  Me dijo un día ‘Mire maestro, le quiero mostrar, estoy escribiendo’. ¿Sos poeta vos? Y me leyó Para vos atleta”.

“Lo que le pasó me dolió muchísimo. Tenía un gran futuro como atleta y era una persona maravillosa. Se lo llevaron una madrugada y jamás volvió. Todavía me cuesta un poco hablar de él, y todos los años participamos de la carrera que se hace en su homenaje”.

Por qué la gente corre: “Entendieron, antes mucha gente no lo entendía, que el atletismo es un deporte que da salud y muchas satisfacciones. No es ganar, solamente el llegar a una prueba es una gran satisfacción para el que compite”.

“Una vez me pasó, trabajaba en una firma deportiva, y veo una persona en la maratón que se largaba y terminaba en River. Estaba llorando y me asusté porque pensé que estaba descompuesto y le dije si quería que le llamara a una ambulancia. Y me dijo ‘no Osvaldo, lloro porque  para mí es una satisfacción haber llegado’. Y es eso. No es ganar, es llegar. Es un desafío”.

La pista del CENARD: “No lo esperaba, pero es algo extraordinario y lo justifico por todos los años de lucha que yo tuve.  No sólo por el atletismo sino porque fui injustamente suspendido, me sacaron la posibilidad de ser campeón olímpico. Me faltaba la frutilla del postre. Esto viene a cicatrizar eso, veo que hay gente que se acuerda de mí, lo valoro muchísimo”.

“Corrí 25 años, hasta los 39. Y desde los 39 años que entreno gente. Pero nunca me he retirado del atletismo. A mí de la pista no me saca nadie”.

 

Hasta siempre, Osvaldo