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Delfo Cabrera murió trágicamente, el 2 de agosto de 1981, en un accidente automovilístico en el km. 187 de la Ruta Nacional Nº 5, en las cercanías de Alberti, cuando regresaba de ser homenajeado en la Ciudad de Lincoln, en la provincia de Buenos Aires. Cabrera falleció, tras gozar del que fue el último homenaje argentino a los 62 años.

La pasión de Delfo Cabrera por el atletismo nació casi por azar, cuando en la adolescencia corría carreras con uno de sus hermanos para ver quién llegaba más rápido a casa.

Así, casi en forma casual, este santafesino nacido en la localidad de Armstrong se convirtió en poco tiempo en uno de los referentes del atletismo de la década del cuarenta. Algo que terminó de confirmar en los Juegos Olímpicos de Londres 1948, cuando consiguió uno de los logros más importantes del olimpismo argentino, al ganar la medalla de oro en el maratón.

Por esos años, la Argentina tenía bien ganada la fama de contar con buenos corredores de calle. En 1932, Juan Carlos Zabala se había quedado con el primer puesto del podio en los Juegos de Los Angeles. Los antecedentes eran buenos para los argentinos, y las perspectivas eran mejores teniendo en cuenta que los años de guerra habían dejado a Europa muy condicionada y en inferioridad pensando en lograr una buena preparación. Mucha infraestructura había sido destruida, e incluso, grandes atletas murieron en el campo de batalla.

Pese a todo, Cabrera no era uno de los favoritos. Y menos aún cuando comenzó la prueba: lejos de aparecer en los primeros lugares, Delfo mantenía un ritmo constante, más lento que el de sus principales rivales, y trataba de no apartarse de su plan de carrera, que era llegar a los últimos kilómetros entero y con chances de meter un buen sprint final.

Todo salió a la perfección. Mientras el líder Etienne Gailly, de Bélgica, ingresó al mítico estadio de Wembley tambaleando como un boxeador al borde del nocaut, Cabrera entró en escena firme, con buen tranco y como si la carrera recién estuviera comenzando.

Para sorpresa de todos enseguida tomó la delantera, dio la vuelta sobre la pista de atletismo sin mostrar signos de cansancio, y terminó de concretar la hazaña de recorrer los 42 kilómetros 195 metros con un tiempo de 2m34s51c. Un final épico, emocionante, digno de una película de Hollywood.

Las crónicas de la época aseguran que ese día, el 7 de agosto de 1948 (la misma fecha en la que 16 años antes se consagraba Zabala), Cabrera, de 29 años, se levantó a las 11 de la mañana (la carrera empezaba a las 15.30) y disfrutó de un desayuno liviano: café con leche, jugo de naranja, tostadas con mermelada y dos fetas de jamón cocido.

Junto con Eusebio Guiñez y Armando Sensini, los otros compatriotas que participaron del maratón, hicieron los trabajos de precalentamiento pautados y armaron la estrategia a seguir. Guiñez y Sensini no pudieron sostener el ritmo de Delfo, pero de todos modos redondearon una gran actuación: Guiñez fue 5° y Sensini, 9°.

Delfo había nacido en Armstrong, Santa Fe, el 2 de abril de 1919 y era uno de seis hermanos de una familia humilde: trabajó en la construcción de rutas nacionales y más tarde, radicado en Buenos Aires, también fue bombero en el barrio porteño de Flores. Pero el atletismo fue su verdadera pasión. Pasión que le dio una de las mayores satisfacciones de su vida: el oro olímpico, y en una de las pruebas emblemáticas de los Juegos.