El recuerdo de los dos maratonistas más grandes del país en los textos de la época, publicados por la revista El Gráfico y de la pluma de Félix Daniel Frascara.

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¡Y Cantamos el himno!

Fue hoy, sábado siete de agosto, aquí, en Londres. Más de 70.000 personas, colmando la capacidad del estadio de Wembley, aplaudieron a Delfo Cabrera, a la bandera argentina y a nuestro Himno. En esa multitud había un lugarcito para mí. Es decir, para usted, lector de EL GRAFICO, amigo y compatriota de Mendoza o del Chubut, de Corrientes o de La Rioja. Porque todo lo que yo fui sintiendo a medida que se desarrollaba esta película de cuarenta y dos mil ciento noventa y cinco metros lo sintió simultáneamente cuanto hay en mí de argentino. Yo estaba perdido ahí, apretado contra la pequeña empalizada que da a la pista. Habré sido, para todos, uno más, así como para mí lo eran también quienes me rodeaban. Estaba solo, absolutamente solo. Pero me sentía inmenso porque había resuelto atribuirme la representación espiritual, ansiosa, de mis amigos y de mis lectores. Por eso -tal vez- cuando apareció Cabrera en el estadio, quebró sin esfuerzo la débil resistencia del belga Gailly y atravesó la meta, todo Wembley era mío, era nuestro. Sensación jamás experimentada antes e imposible de repetirse porque fue la primera. Aunque volviera a ver muchas veces el triunfo de un argentino en los Juegos Olímpicos, aunque me emocionara hasta las lágrimas, nunca sería totalmente igual. Yo, con mi Argentina en el corazón, con todos mis amigos gritando en mi voz, viví unos minutos que jamás había soñado y que nunca olvidaré. Mentiría si pretendiera escapar a los lugares comunes y decir que no hice cuestión de patria. ¡Cómo no! No creo que nadie pueda ver a un compatriota triunfante en la máxima competencia deportiva del mundo y detenerse a pensar que no es nada más que un juego. Podrá manifestarse el júbilo en forma desbordante o con discreta sobriedad. Pero la patria “está ahí”. Se oye su voz y se siente su latido. Yo no lloré. Tampoco podía hablar. Grité -ustedes conmigo- hasta el instante en que Cabrera cruzó la meta, llevándose con el pecho ese hilo que se extiende a lo ancho de la pista, como barrera que cierra el paso hacia los campos de la fama y sólo se abre ante la grandeza de los vencedores. Desde ese instante ya no grité más. Algo significa el nombre de Delfo.

Cabrera en el deporte argentino. Era lógico, natural, esperar que significara también algo en el deporte mundial. Lo que difícilmente hubiéramos podido imaginar es que llegara a significar tanto para nosotros. Porque, llevados por nuestro entusiasmo, no debemos caer en el error de olvidar la causa fundamental de ese momento inolvidable: si gritamos primero y enmudecimos después, si sentimos que Wembley era nuestro y vimos cómo brillaba un rectángulo celeste y blanco sobre el gris del horizonte, eso se lo debemos a Delfo Cabrera. A su esfuerzo y a su calidad.

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Vamos a seguir la carrera como si todos hubiéramos estado hoy en Londres. Intervienen cuarenta y tres atletas en representación de veintitrés países. Son las tres de la tarde, hace calor, hay sol. El pelotón de participantes toma ubicación en uno de los extremos de la pista, a la derecha del palco real, que ni está ocupado por la regia pareja. Tres argentinos llevan la camiseta blanca con dos franjas celeste horizontales: Cabrera -que según los programas se llama Cabrora-, con el número 233; Guíñez, el veterano mendocino, con el 234; y Sensini, el bahiense, con el 251. Suena el tiro v se pone en marcha el plantel de maratonistas. Recorren trescientos metros y van saliendo hacia la calle por el mismo lugar donde arde la llama olímpica. La multitud los despide con aplausos en los que se siente no sé qué precisa sensación de cariño. El primero en tomar la punta es el nú­mero 273, un coreano llamado Yun Chil Choi. Recordamos que el último ganador, en 1936, fue Kitei Son, un japonés que luego moriría en la guerra, ganador con el tiempo record de 2 horas 29 minutos 19 segundos y 2 déci­mas. Lo recordamos porque es imposible evitar una relación entre el de Corea y el de Japón. El tren de carrera no es muy fuerte. Guíñez va entre los primeros. Sensini marcha más retrasado y Cabrera entre los últimos(…).

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El recorrido de la carrera abunda en accidentes naturales. Londres tiene un terreno ondulado, por momentos acumulado. Hay una cuesta tras otra y en pocos instantes llevamos a contar más de cuarenta de ellas. Claro que la cuesta arriba tiene la compensación de la cuesta abajo, pero lo que se recupera descendiendo puede ser nada más que tiempo y nunca energías. Sin pensar aún en que uno de los tres argentinos era fija, observábamos a los adversarios buscando -ya cerca de los veinte kilómetros- al presunto vencedor. Descartando al coreano, que sólo había hecho el gasto de salida, poco impresionados por la acción del belga y el chino, y no queriendo caer en lavanidad de pensar en Guíñez, reparamos en el andar desenvuelto y en el físico bien equilibrado del sueco. Sólo que nos pareció demasiado joven… Pero enseguida nos acordamos de Zabala en 1932. ¡Veinte años!

Algo más de veinte kilómetros se habían recorrido cuando vimos que Delfo Cabrera, el bombero de la Capital empezaba a apurar el paso y pasaba gente como si fuesen postes. (…). Tuvimos entonces la primera sensación, la idea diríamos, de que el argentino con el número 233 venia más entero que todos los demás. ¿Y si ganara?

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El gráfico

Entraron los corredores en un camino por el cual ya no se les podía seguir de cerca. Con la seguridad de que los tres nuestros andaban bien y con la esperanza de ver algo sensacional en la llegada, volvimos a instalarnos en el estadio, junto a la pista, en el sitio reservado a las delegaciones extranjeras. Cerca mío estaba Carlitos Sos, el entrenador de natación. Por ahí, en los alrededores, había otros varios. Nos veíamos, pero no estábamos juntos. Quizá haya sido mejor, porque entonces Cabrera pudo oír muchos gritos de aliento, escalonados y durante un largo trecho. Supimos que la colocación, al cubrirse 35 kilómetros, ya ofrecía variantes. Otra vez había aparecido Yun Chil Choi, el coreano que había estado punteando al principio. Cabrera se había colocado segundo, tercero estaba Gailly, cuarto era Guíñez, quinto venía el británico Richards, en tanto que la sexta colocación era del sudafricano Luyt.

El sol se había ocultado. De pronto se abrieron las nubes como si se descorriera una cortina (…). ¿Para qué habría salido el sol, a las cinco y media de la tarde, sino para asistir a un acontecimidelfoento sensacional? Estallaron aplausos. Y por la misma puerta por donde el día de la inauguración habían entrado los reyes, apareció en la pista el belga Gailly, con su casaca roja de vivos azules. Vacilantes sus piernas, extraviada su vista, perdido casi por completo su sentido de orientación. La salva de aplausos seguía corriendo como un reguero y en seguida se intensificó todavía más: quince metros atrás del belga pisaba la pista rojiza de Wembley un atleta morrudo, fuerte, morocho, que braceaba sin esfuerzo, pisaba seguro y miraba con claridad.

¡Es Cabrera! ¡Es un argentino! Enseguida lo pasó al belga, dio una vuelta completa a la pista y vino hacia nosotros por la recta. Funcionó la cámara cinematográfica. El pecho de Cabrera tomó el hilo de llegada justo entre las dos franjas celestes de la camiseta. Habían pasado 2 horas 34 mi­nutos 51 segundos 6 décimas desde la largada. Después de un buen rato dejamos de gritar, recuperamos la voz, lo abrazamos bien fuerte y le preguntamos lo mismo que Stirling le pregun­tara a Zabala en Los Angeles:

-¿Cómo hiciste?

Como siempre. Corrí de atrás, ocupándome más de mí que de ellos. Faltando cinco mil metros me coloqué primero.

Aquí, al entrar al estadio, el belga apuró el paso y se me fue unos metros. Pero yo sabia que la carrera era mía…

Después fue el abrazo a Guíñez, que se jugó una carta en su atropellada, quedando finalmente quinto. Y la efusiva felicitación a Sensini, octavo en una magnífica demostración de disciplina. El propio Sensini gritó después de llegar:

-¡Ganó Cabrera, es como si hubiera ganado yo!

Sobre la plataforma del homenaje, en lo alto, la bandera y el nombre de la patria junto a su apellido. Delfo Cabrera había estado más grande que nunca. Muy cerca de él, pisando el césped de Wembley, cantamos las estrofas del Himno. Las cantamos para todos los argentinos, llevándolos en la garganta y sintiéndolos en el corazón.

Fue hoy, en Wembley.

Félix Daniel Frascara. Para El Gráfico. 7 de agosto de 1948

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El entrenador del atleta contagiaba a todos su optimismo, explicaba la bondad de los tiempos, el maravilloso poder de ese organismo, la perfección del estilo, la aclimatación, etc., etc. ¡Zabala era una fija! No había uno solo que pudiera dudarlo. Y todos eran expertos cuando se hablaba de la maratón

La Carrera inolvidable

Se llegó así al momento dramático de la largada de la prueba. En las gradas del estadio imponente, los argentinos formaban un grupito que se agrandaba bajo la bandera. Y cuando se dio la orden de partida, tomó la delantera el muchacho criollo, cubierta la cabeza con un gorrito blanco; chico, frágil en apariencia, parecía mentira que esa máquina fuera capaz de aguantar los cuarenta y dos kilómetros de acción ininterrumpida.

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Dieron los competidores la vuelta a la pista y en el momento en que Zabala, capitaneando el lote, atravesaba el portalón para salir del estadio, la trompeta simbólica de la maratón saludó al leader desde el torreón.

Los competidores de la carrera máxima se habían ido y en el estadio prosiguieron disputándose otras pruebras de atletismo. Sin embargo, el grupo de argentinos no prestaba atención. Seguía imaginariamente el desarrollo de aquella carrera que debía ganar el muchacho de la Colonia…

-Yo estaba en el estadio -dice Oriani,- y puedo asegurar que se vivieron horas de verdadera angustia. Acaso fueran minutos, ¡pero qué largos! Por los altoparlantes anunciaron: “Maratón: ¡Primero Zabala!”.

Claro, si tenía que ser así…Pero de pronto del portavoz salió un nombre extraño: ¡Iba primero un finlandés! “Se ha dejado pasar! ¿Cómo puede ser, si tiene que ganar de punta a punta?! Y vuelta a sufrir, rogando al altoparlante que dijera algo, insultándolo con la mirada. Y dijo, sí… “¡Segundo, Zabala, argentino!” ¿Y el finlandés? Habría desaparecido…Tan mentira me parecía, que le pregunté al remero uruguayo Douglas, que estaba a mi lado: “¿Qué dice ese?” “Que va primero el inglés -me contestó – pero hay tiempo todavía” Tendría razón, pero no me convencía.

¡Se rompió el pibe!

El Gráfico

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Sufríamos -dice Oriani, -por la suerte de Zabalita, cuando vemos que se acerca Stirling. ¡Verde la cara, despeninado, deshecho! “Se ha roto…por luchar con el finlandés! No quiso dejar la punta y después vínole inglés, para rematarlo. ¡Se rompió el pibe!” (…) El sabía, era técnico, había que respetar su palabra, pero no le creíamos. No. ¡Zabalita iba a ganar! Miramos los relojes; ya debían estar de vuelta. Y al poco rato, volvieron a sonar las trompetas. ¡Llegaban! Se hizo en todo el estadio un silencio absoluto y se escuchó entonces la voz del anunciador: “¡Primero, Zabala, argentino!” Aquello fue, en el puñado de argentinos, un toque a fondo. Salió de las gargantas un alarido: ” ¡Zabala! ¡Zabala!” Y efectivamente, por el mismo portalón por donde lo viéramos irse, de espaldas, volvió a aparecer el gorrito blanco, ajustando la cabeza del argentino. Quisimos que la bandera le dijera lo que nosotros ya no podíamos…Pero yo tenía una preocupación aún: ” ¿Aguantará? ¿Podrá dar toda la vuelta?” El mismo se encargó de convencernos, pues al pasar frente a nosotros se sacó el gorrito saludó. Contamos entonces sus pasos, uno a uno, y cuando cruzó la meta no sabíamos si echarnos a correr o si tirarnos al suelo, rendidos.

Parecía que también los argentinos del a tribuna habían corrido la maratón…Por Zabalita, el héroe, se alzó la bandera en el mástil olímpico. Por Zabalita, el campeón, se tocó el himno argentino, malísimamente, pero nunca pareció más lindo. Y por Zabalita, el muchacho del pueblo, se puso de pie el estadio entero.

-Después lo vi -termina Oriani, -en el camarín. Descansaba. Había ganado la maratón más brava que se recordaba. Lo besé, como dándole las gracias y me dijo entonces: “No puedo ni llorar…”

Féliz Daniel Frascara. Para el Gráfico, publicado 17 de septiembre de 1932.