El etíope corre solo. Su compañero lo abandonó hace un par de metros. Los argentinos que vienen luchando detrás por alcanzarlo siguen a una distancia prudencial y Siraj Gena relojea de vez en cuando para ver si vienen. Delante suyo, la moto guía, la cámara con el streaming y el auto lo acompañan. Justo en la peor parte, allá por el kilómetro 33, en una zona donde no hay más que camiones estacionados y soledad. Justo en los kilómetros más complicados de la carrera el circuito pasa por una parte de la ciudad que es absolutamente olvidable y que es una invitación a no seguir si la cabeza y el cuerpo no están firmes (antes, esos kilómetros eran en los bosques de Palermo). Ya para ese entonces, los olímpicos Luis Molina y Mariano Mastromarino -liebres a pedido de otros dos olímpicos, Miguel Bárzola y Javier Carriqueo- habían cumplido su misión de marcarles el paso hasta el kilómetro 25, con tanta “mala suerte” que nadie los fue a buscar y debieron pedir plata para tomarse un taxi y así regresar hasta la zona de largada (aunque el taxi los dejó faltando 4k y debieron llegar a pie).

La subida -otra vez- a una autopista termina siendo un alivio para los ojos, en el kilómetro 37, eso sí: queda el viaducto (aunque antes se viene un retome más para ganar metros que parece incomprensible para las piernas y que se suma a las vueltas en La Boca, con calles en mal estado) y ya aparece Figueroa Alcorta para llegar al final, allí donde la gente se agolpa desesperada, se cruza por el medio de la calle sin mirar y se tiran encima de los exhaustos corredores porque no hay ni una valla ni un voluntario que ordene y acomode a los ansiosos e irrespetuosos. Algunos participantes, no los de elite, claro, se ven impedidos de avanzar cuando apenas quedan 800 metros porque todo es un caos, lo mismo que ocurrió en otras partes del recorrido (Buquebús, en el K31 por ejemplo) donde los autos y la gente avanzaron entre los corredores sin pudor.

Metros antes, un parlante escupe algo de música tecno en uno de los varios puestos, lejos de los años en los que bailarines de tango o los carteles para alentar le daban vida al circuito. Un grupo de abuelos decidió hacerlo por su cuenta y, con un par de instrumentos y una carpa, armaron una batucada que sí ayudó a levantar los ánimos antes de pasar por la puerta de GEBA, ya en los bosques de Palermo. La mayor parte del aliento que recibieron los corredores fue por impulsos individuales o por obra y gracia de los running teams que salieron a las calles a darles las hurras a sus representantes.

 

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Foto: Ñandú

El morocho llega con cara de esfuerzo y atrás lo sigue Miguel Bárzola, con un tiempo que no le alcanzó para clasificar al Mundial 2017. Tercero llega -aunque anunciado por los parlantes con otro nombre- el esquelense Lalo Ríos. En general, los tiempos de la elite no fueron los mejores: viento, calor y las subidas fueron las explicaciones en algunos casos. En general, si bien la hidratación estuvo bien en cantidad (en varios puestos estuvo ubicada de un solo lado de la calle por lo que se generaron amontonamientos -con todo lo que eso implica- y en otros, con las botellas de agua aún empaquetadas) y la comida también (bananas y naranjas cortadas) igual hubo varios casos de calambres, deshidratación y desvanecimientos (varios pedidos de ambulancias con un caso que terminó en hospital). Lo que también alertó una vez más sobre el hecho de no haber solicitado el apto médico pese a ser una carrera en Capital Federal, donde es ley. Dato curioso: los 21k de Buenos Aires y los 42k -que no pidieron el apto- fueron de las pocas carreras de CABA que aumentaron la cantidad de inscriptos (11.724 para la maratón según datos de la organización) con respecto al 2015 mientras que el resto de las carreras de 10, 15 y 21 tuvieron mermas del 10% y 15%, con todo lo que eso implica.

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Foto: Ñandú

Cruzar al arco. Querer abrazar a alguien. Gritar. Cerrar los puños. Llenar la mente de imágenes. Taparse la cara. Estallar en lágrimas. Frenar el Garmin, siempre unos segundos tarde. Insultar. Estar feliz o triste, según el tiempo. Tirarse al piso. No poder caminar. Sentir cómo las piernas se endurecen y mandan la orden al cerebro de BASTA, QUEDATE QUIETO. Mirar a todos lados para poder decirle a alguien LLEGUE. Posar para la foto. Posar para otra foto. Mirar con cara cómplice a otro corredor pero sin poder pronunciar palabra (¿para qué? la mirada alcanza). Ir a buscar Gatorade y hacer la cola aunque te digan que adelante hay más. No tener más ganas de tomar esa porquería dulce y pensar en un sanguche. No poder levantar el pie para que te corten el chip. Encontrarse con alguien y posar para una selfie. No querer comer esa banana que te dan ni comer banana nunca más en la vida, como las pastas. Mandar un whatsapp avisando. Pensar en esa ampolla que sabés que está ahí. Sonreir. No parar de sonreir. Todo el día. Aún cuando cuesta bajar escaleras (es peor que subir) o sentarse y pararse. Ir a buscar la medalla. Morderla. Posar para otra foto, la que seguro va de perfil de Facebook. Sonreir.

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Foto: Ñandú

Para quien corre, es una fiesta, aunque cueste. Y terminarla hace olvidar el mal pasar. Correr 42k es tanto esfuerzo que algunos detalles se pierden en el contexto. A excepción de quienes sufrieron alguna contingencia (querer usar baños en mitad del recorrido y encontrar sólo unos pocos; tener que pedir ambulancia por una descompostura y no encontrar a nadie del staff para asistir salvo corredores que preguntan y pasan la información; empujar a personas que se cruzan al paso o esquivar las cientos de bicicletas y hasta algunos autos) es difícil que el grueso de los corredores pueda reconocer fallos -que no son menores- en un evento que se notó deslucido con respecto a otras ediciones. Desde la Expo (con menos stands que en los 21k) hasta la medalla, mucho más liviana que en el 2015 o el llamado a la premiación con un escenario alejado y con poco sonido, o la ausencia de una grada para observar y alentar a los finishers.  Una pena que la maratón de Buenos Aires, la única de la ciudad, a la que se acercan miles de corredores de todo el mundo, comenzando con infinidad de brasileños, no pueda lucirse como el evento que debería ser. Mucho para cambiar para el 2017.